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Reflexiones e Inspiraciones Cristianas
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Title: Esposa y amante
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mayte
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Estado: tu amor por mi es mas dulce que la miel
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(Fecha publicado:12/23/2008 2:41 PM)
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18.jpg picture by UNIDOSOSDOIS
 
Esposa y amante
 
Élida Andrés de Rota

A la luz de las Escrituras, las relaciones sexuales dentro del matrimonio no sólo son parte del programa de Dios para la pareja, sino que también Él las tiene en alta estima porque son para bendición de ambos, a fin de fortalecer la unidad de la pareja.

 

En cierta oportunidad una mujer concurrió a mi consultorio muy preocupada. Deseaba mantener sus valores y conducta cristiana muy en alto, por eso trataba de no tener relaciones sexuales con su esposo porque se sentía sucia. «De esta manera —me dijo— quiero agradar al Señor».

Posturas como esta, ajenas totalmente a la verdad por ignorancia de las Escrituras, roban la felicidad a muchos matrimonios y nos obligan a buscar una respuesta a la pregunta: ¿cuál es el papel de la mujer en las relaciones sexuales dentro del matrimonio desde la perspectiva bíblica?

En nuestra sociedad la palabra «amante» tiene una connotación de deshonra, pues se asocia con una tercera persona en la pareja. Sin embargo, a la luz de las Escrituras, podemos sostener que la esposa cristiana también debe ser una amante para su marido.

Génesis 2.25 dice que «Eva y Adán estaban ambos desnudos y no se avergonzaban.» Esto nos habla de transparencia total, confianza mutua, sinceridad y franqueza, es decir, que se compartían íntegramente uno al otro y no había nada oculto entre ambos.

Esa es la perspectiva que tiene Dios acerca del matrimonio cristiano: que la sinceridad, la franqueza, la confianza mutuas, la transparencia entre ambos y la entrega física sea una característica que los diferencie de las parejas del mundo.

En Cantares 7.10 leemos: «yo soy de mi amado y conmigo tiene su pleno contentamiento». La mujer reconoce que sólo le pertenece a él, que es totalmente suya y que él es su único amado.

El autor de Cantares es claro cuando habla de la alegría del amor en el matrimonio. La relación íntima y sexual es la entrega total del amor puro. La unión sexual matrimonial es para pleno contentamiento, es decir, de satisfacción plena. Dios creó nuestros cuerpos con características físicas para lograr el placer sexual con nuestros esposos.

El placer que trae la relación sexual dentro del marco del matrimonio es una bendición para la pareja, porque es una relación creada por Dios, buena, útil para fortalecer el vínculo del amor entre ambos.

Es así que los versículos citados previamente implican que la mujer no sólo fue formada con la capacidad de disfrutar de la intimidad sexual con su esposo sino que, además, puede —tiene la libertad de— gozar de esa intimidad.

En Cantares 2.16 leemos: «Mi amado es mío y yo suya». Aquí se menciona la entrega mutua de la pareja en una unidad sólida, donde no hay cabida para un tercero. Un hombre y una mujer, así los creó Dios para bendición de ambos. Por eso la pertenencia mutua, el conocimiento de estar restringidos el uno para el otro les da alegría, les produce placer y, a la vez, los motiva para continuar entregándose recíprocamente. Por esta razón, la práctica de la fidelidad es clave en esta relación.

El propósito de Dios para cada esposa es que se entregue a su esposo y que se sienta de él. Este propósito incluye el principio de que toda esposa debe reservarse exclusivamente para su esposo y no debe desear entregarse a ningún otro hombre, así como también el esposo debe reservarse exclusivamente para su esposa.

En 1 Corintios 7.3–5 leemos: «el marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el marido. La mujer no tiene potestad o derecho sobre su propio cuerpo, sino el marido, ni tampoco tiene el marido potestad o derecho sobre su propio cuerpo, sino la mujer».

Antes de examinar la enseñanza del versículo quiero dejar claro lo que éste no está expresando. No dice que la mujer «debe» acceder a los requerimientos sexuales de su esposo porque tiene la obligación de satisfacerlo pues es su esposa y él es «hombre» y tiene «necesidades». Pablo enseña que el principio de que las relaciones sexuales dentro del matrimonio implica darse en reciprocidad, con igualdad de derechos y deberes.

Querida mujer, ¿se da cuenta de que las relaciones sexuales están en el proyecto de Dios para el matrimonio para bendición suya? ¿que como esposa está en condición de igualdad con su esposo, que él es suyo y sólo suyo, para que lo disfrute todo? ¿que usted debe entregarse de lleno a él como él a usted, y que deben buscarse para la intimidad sexual? ¿Se da cuenta de que, como mujer, tiene el derecho y el deber dados por Dios de disfrutar con y de su esposo, y de dejarse disfrutar cuando él lo desee o cuando usted lo desee a él?

El matrimonio exige, entonces, una relación de mutua entrega física y sexual, en la que cada cónyuge busque la satisfacción y el contentamiento del otro, sin egoísmo. Ésta es la perspectiva de Dios para la pareja.

De esta manera, nuestra pregunta de introducción ha encontrado una respuesta: el papel de la mujer en las relaciones sexuales dentro del matrimonio es buscar la satisfacción de su esposo por medio de su propia satisfacción. La esposa debe disfrutar el cuerpo de su esposo y el esposo el de ella. Cada mujer que quiera cumplir responsablemente su papel delante de Dios debe ser la amante de su esposo y gozarlo como su propio amante.

A continuación debemos considerar los principios que Dios da para que el disfrute mutuo en el matrimonio sea posible. En Hebreos 13.4 leemos: «Honroso sea a todos el matrimonio y el lecho sin mancilla, pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios». «Lecho sin mancilla» significa cama limpia, coito sin pecado, relaciones sexuales puras que no dañen ni lastimen la integridad de ninguno de sus miembros, dándose totalmente el uno al otro por amor, sin egoísmos ni distorsiones.

Ahí, en la intimidad matrimonial, casi todo está permitido. Lo prohibido es todo aquello que no sea del agrado de alguno de los dos. Nadie deber ser obligado por el otro u obligar al otro a practicar algo que desapruebe. La mujer tiene la libertad de rechazar cualquier práctica que no le guste, y la responsabilidad de no insistir en hacer algo que al esposo no le agrade. Asimismo, debe comunicar lo que sí disfruta y le gusta, debe dar a conocer a su esposo cuáles son sus zonas más sensibles y lo que la estremece. Realmente, la alcoba debe ser una escuela donde el esposo pueda ser enseñado a complacer a la esposa, y donde ella aprenda a regocijar a su esposo. El desafío es que ambos se lleguen a conocer tan profundamente que sepan lo que al otro le disgusta y lo que disfruta más.

Es oportuno comentar aquí sobre el uso de revistas y películas pornográficas. Éstas en ninguna manera ayudan a resolver conflictos, ni a mejorar o tener relaciones íntimas más satisfactorias; por el contrario, dañan, perturban y perjudican la intimidad. Las imágenes retenidas en el cerebro aparecen repetidas veces por tiempo prolongado y sabotean los momentos de disfrute sexual con el cónyuge.

Entendemos, pues, a la luz de las Escrituras, que las relaciones sexuales dentro del matrimonio no sólo son parte del programa de Dios para la pareja, sino que también él las tiene en alta estima porque son para bendición de ambos, a fin de fortalecer la unidad de la pareja.

Por otra parte, entendemos que a Dios le desagradan profundamente las relaciones sexuales fuera del matrimonio y que ante sus ojos son «pecado». Las mismas son una verdadera desgracia para el matrimonio. El adulterio y la fornicación son pecados que quiebran la confianza, destruyen la unión y dificultan la entrega mutua. Traen consigo mucho dolor, frustración y decepción. Además, producen heridas profundas que no sanan con sólo pedir perdón.

Por todo lo anteriormente dicho podemos ofrecer ahora una connotación de «amante» desde la perspectiva bíblica: es el esposo o la esposa que se entrega en intimidad sexual a su cónyuge para que ambos gocen en plenitud las relaciones sexuales.

Amiga, mi hermana en Cristo, usted que es esposa ¡sea también amante de su esposo! Sin embargo, la clave para que usted disfrute de él y él de usted está en que ambos busquen la pureza; por lo tanto, ¡permanezca pura! Dios quiere que usted sea «santa como él es santo» (1Pe 1.16). Dos cosas son importantes para que el lecho sea sin mancilla: la primera, que cada uno disfrute respetando la integridad del otro, y la segunda, que cada uno se reserve exclusivamente para el otro. 

 

feliz dia

besos

Mayte

 

 
 
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